La Virgen de las Lágrimas de los Mártires

Virgen de las Lágrimas

Virgen de las Lágrimas (destruida). Pedro de Mena. Iglesia de los Santos Mártires. (fotocoloreado del autor)

Tras algunas semanas sin actividad, retomamos nuestro espacio para dedicar una breve semblanza a una de las imágenes de la Virgen Dolorosa más hermosas y valiosas de las que se veneraron en nuestra ciudad de Málaga. Hablamos de la célebre Virgen de las Lágrimas atribuida al granadino Pedro de Mena y Medrano (1628-1688) que recibió culto en la Iglesia de los Santos Mártires Ciriaco y Paula hasta el 12 de mayo de 1931, siendo destruida durante la Quema de Conventos perpetrada por las hordas iconoclastas al mediodía de aquella fatídica jornada. A pesar de tratarse de una talla altamente considerada en los círculos artísticos, cofradieros e incluso académicos dada su extraordinaria belleza y valores plásticos, no existen demasiadas referencias bibliográficas en torno a ella, algo que podría llegar a sorprender si no fuese porque ha sido habitual que los eruditos no hayan prestado una atención singular a la producción de Mena desaparecida durante el periodo republicano, salvo lógicas excepciones de obras capitales como el Crucificado de Santo Domingo o la Virgen de Belén del mismo templo malagueño.

Busto de la Virgen de las Lágrimas.

Busto de la Virgen de las Lágrimas. (Foto: Ricardo de Orueta)

Particularmente, desde que conocimos esta soberbia a la par que sobrecogedora efigie de la Madre de Dios a través de la conocida monografía del escultor dedicada por el escritor Ricardo de Orueta y Duarte, nos sentimos realmente atraídos por ella. La sobrecogedora expresión de llanto desbordado acentuada por la singularidad de esos ojos vidriosos, cuyo material habría de presentar algún tipo de imperfección que los hacía presentar una mirada ciertamente inquietante, siempre nos ha provocado atracción a la par que fervor, hasta el punto de traerla a este humilde lugar desde el que pretendemos evocar su antigua devoción. Esa devoción hubo de ser de cierto arraigo en la collación de los Mártires, contando incluso con cultos dedicados a la Virgen, hecho que se puede comprobar en uno de los numerosos grabados que se conservan. Ese número de fotografías existentes nos vienen a decir la alta valía con la que era considerada la Dolorosa, siendo significativo que una imagen de culto interno que no perteneció a hermandad o cofradía alguna, fuese retratada en tantas oportunidades. Una de las conocidas instantáneas debida al archivo de Juan Temboury es la que hemos coloreado para tratar de imaginarnos cómo resultaría presenciar el bellísimo rictus de dolor de la Virgen de las Lágrimas hoy día. En ella, así como en otros grabados realizados en la misma sesión, podemos comprobar el modesto y austero atavío con que la imagen era vestida, imaginando que sería de color negro y un tocado sencillo de tul o gasa inspirado en los modelos pictóricos de Velázquez (Las hilanderas o Vieja friendo huevos) y Murillo (Santa Ana enseñando a leer a la Virgen, por ejemplo), que dejaba ver parte del pelo tallado de la cabeza. La efigie era de tamaño natural y de vestir, presentando las manos entrelazadas en actitud de oración a la altura de la cintura y la cabeza y mirada dirigidas hacia el cielo, levemente a la derecha a modo de súplica. La testa habría de calificarse de magnífica, mostrando la cabellera tallada con la raya centrada mientras que cae a ambos lados de la cara. La expresión de dolor contenido podría enmarcarse en el estado de ánimo de la Soledad que sufrió María tras la muerte de su Hijo. Siete lágrimas surcaban su rostro otorgándole esa singular expresión a la que hemos aludido que podría haberle dado su piadosa advocación. Como señaló Alberto Palomo, la Iglesia siempre dio por supuesta la actitud llorosa de la Virgen ante la Pasión y Muerte de Cristo, en decir del poeta y fraile franciscano Jacopone da Todi en su precioso himno medieval que comenzaba con los versos “Stabat Mater Dolorosa Iuxta Crucem Lacrimosa”. Rematando su atrezzo la Virgen llevaba un puñal atravesando su pecho y un airoso nimbo o aureola tocando la cabeza, ambas piezas labradas posiblemente en metal plateado o tal vez en plata. El resplandor destacaba por su original diseño y buena factura, mostrando un núcleo donde el anagrama mariano se hallaba centrado por un corazón llameante atravesado por un puñal, quedando todo flanqueado por las palmas del martirio, posiblemente en referencia del propio templo de los Santos Patronos. Este bello motivo central (reconocible también en una “galleta” del mismo periodo de la Virgen de la Esclavitud Dolorosa  y en otra pieza en la del Traspaso y Soledad de Viñeros, siendo la primera prácticamente idéntica a la que tratamos) quedaba circundado por un halo de nubes y una ráfaga de donde partían los rayos biselados y flamígeros rematados por estrellas de dos tamaños distintos.

Perfil de la portentosa Virgen de las Lágrimas, destruida en 1931. (Foto: Ricardo de Orueta)

Como hemos recordado, muy poco se ha escrito sobre esta magnífica imagen de la Virgen María. No obstante, Orueta tuvo a bien dedicarle uno de los comentarios más encendidos en su referida monografía sobre Pedro de Mena. Por la belleza del comentario y la admiración que de él se desprende, vamos a reproducirlo íntegramente:

Esta hermosísima cabeza (pues lo demás es de vestir), aunque de un trabajo sumamente sobrio y simplificado, es quizás la escultura más rica de expresión y mejor sorprendida de todas las de Pedro de Mena.

No es otra cosa que un simple estudio del dolor humano, una visión directa y personal de un momento psicológico, que sorprende por su vitalidad y emociona por su feliz expresión. Todo está en esta cabeza observado y sentido; no hay un sólo prejuicio artístico ni receta de taller de las que tanto abundaban, incluso en otras esculturas posteriores del mismo artista. Se ha escogido el instante pasional en que el sufrimiento, en fuerza de ser agudo, llega á producir un cansancio, un desvarío, un abatimiento moral que deja el alma insensible y destrozada. Esa pobre mujer, rendida de llorar, se detiene un momento á contemplar su dolor. Los ojos muy abiertos y muy fijos, casi de loca, no miran. La atención, si la hay, está puesta en el interior. Tampoco lloran ya. Tras de ellos están pasando cosas muy tristes, tranquilas ahora, pero violentas un momento antes, aunque nunca debieron ser estridentes.

 La ejecución se unifica á expresar. Nada hay desligado de este fin, nada anecdótico. Los ojos, donde está concentrado todo el interés de la cabeza, no son esta vez de cristal. Mena ha querido tallarlos en la madera por sí mismo; creo firmemente que también ha sido él quien los ha pintado. Las pestañas tampoco son de pelo, ni están simuladas con un toque negro dado con el pincel; se ha

La Virgen de las Lágrimas tal y como debía recibir culto diario en la iglesia de los Mártires.

La Virgen de las Lágrimas tal y como debía recibir culto diario en la iglesia de los Mártires. (Foto: Colección Temboury)

dejado el párpado calvo para que nada vele el desvarío de la mirada. Esta es de una fuerza tal, que impone. Las cejas son ligeramente oblícuas, pero sin exageración ni esquematismo, porque no son ellas las que aportan la línea fundamental a la expresión: son un simple elemento y nada más. Los párpados inferiores están enrojecidos por el llanto, y este ligerísimo tinte basta para acentuar y dar fuerza de vida á aquel dolor. El cabello suelto cae al descuido y sin artificios, y las demás facciones prestan su concurso sin muecas ni contorsiones de arte vulgar. Es ésta una mujer hermosa, verdaderamente hermosa, inspirada por la realidad misma, expresando un sentimiento también muy vívido y ofreciendo las notas esenciales que ofrece la belleza de la mujer de Málaga. (…)

Asimismo, el propio investigador malagueño volvería a ensalzar las virtudes de esta prodigiosa Virgen de las Lágrimas, dedicando (como bien dijo Sánchez López) uno de los comentarios más bellos que brotaron de su pluma:

… no es más que una hermosísima mujer; muy andaluza, con muchas imperfecciones que un clásico rechazaría, pero con un verismo tan hermoso que enamora. Y esta mujer ha llorado mucho; tanto, tanto que se le ha atrofiado el alma de llorar; y ya no llora, ni piensa, ni siente, ni siquiera cree en la espantosa realidad. Está insensible de tanto llorar; como loca; con los ojos espantados que no miran, que no ven más que lo interior, y que parecen decir con su vaguedad: ¿Pero es verdad? ¿Pero ha muerto? ¿Pero ya no le veré más?

Esas últimas interrogantes escritas por Orueta bien podrían haberse efectuado dirigiéndolas hacia la propia imagen después de su salvaje y sacrílega destrucción en 1931 cuando fue destrozada a palos al mediodía del día 12 de mayo: ¿Pero es verdad? ¿Pero ya no la veré más?


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